Impotencia

Llevo casi tres años instalada en la impotencia. Y es una compañera de viaje complicada, difícil de aceptar y con la que a días es casi misión imposible convivir. Pero ahí está, a tu lado, y sabes que no se va a marchar. 

Hace casi tres años, una llamada de teléfono de mi padre rompió para siempre lo que hasta entonces había sido mi vida. Mi madre estaba en quirófano y ni tan siquiera sabíamos si estaba viva. Así son los aneurismas, venas que se rompen de golpe, sin avisos ni síntomas previos (en el caso de mi madre en la cabeza), y que te revientan la vida. Y aquí se presentó mi amiga la impotencia, porque sabes que no puedes hacer nada, que todo depende de la suerte y de los médicos (antes pensaba que también de Dios, o de la Virgen o de algo así, pero ya no lo creo).

Van pasando los días y los meses, y la que se presentó como una amiga que tú esperabas momentánea se sigue quedando contigo. Es una impotencia tremenda ver que tu madre despierta del coma pero sigue estando prácticamente vegetal (o en estado de baja consciencia, como lo dicen de una forma más “bonita” los médicos), ver cómo pasan los meses y las mejoras son mínimas, ver cómo cuando ha mejorado un poco otro pequeño derrame te hace retroceder meses en los avances, ver cómo desde entonces llevas semanas sin dar un paso adelante, ver cómo mi madre llora (es lo único que puede hacer, ni habla, ni se mueve… solo llora) y no sabes por qué. Y si no sabes por qué, no puedes consolarla, no puedes hacer nada por ella. Solo puedes hacer otra cosa que te genera impotencia, darle muchos besos aunque no sabes si los siente.

Ni tan siquiera sabes si te reconoce, si se acuerda de algo. Un poco más de impotencia. No sabes qué más puedes hacer por ella, sigues sumando. ¿Y si no se acuerda de nada? Quizás es mejor. ¿O no? Más impotencia.

Y para acabar la ecuación, intentas pedir ayuda a los Servicios Sociales. Aquí mi amiga la impotencia se convierte en mala hostia (con perdón). Porque cuando preguntas, reclamas, intentas explicar tu situación… te hacen sentir como si estuvieras exigiendo un viaje a la Luna cuando solo buscas que tu madre pueda vivir un poco mejor, cuando solo buscas eso de la “vida digna” con lo que tanto se les llena la boca a algunos. Yo les traía 24 horas a cuidar de mi madre.

¿Cómo no vas a sentir impotencia cuando en los Servicios Sociales no saben algo tan básico como que en el precio de un centro de día no entra ninguna terapia? ¿Cómo no vas a sentir impotencia cuando te dicen que si tienes que pagar el alquiler de un piso accesible es culpa tuya porque tus padres no fueron más inteligentes y no pensaron al comprar su casa que algo así pudiera pasar?

Lo peor de la impotencia es que cuando llega, no se marcha. Más me vale aprender a vivir con ella.

 

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